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Jaime Ruiz y Oscar Amador; el triunfo de la dignidad

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Un hombre hace lo que puede hasta que su destino se le es revelado. Reza casi dolorosamente una de mis películas favoritas: El último samurái. ¿Qué es el triunfo y qué es el fracaso? ¿Qué insolente dios tiene por pasatiempo decidir sobre la factibilidad de nuestros logros materiales?

Jaime Ruiz y Oscar Amador son dos seres especiales y únicos; hace algunos años destacaron en el escalafón menor mexicano siendo lideres indiscutibles de los coletas novilleriles. Con aparentemente todo en contra pues sin tener ninguna cuenta bancaria fuerte que los respaldara ni amigos de apellidos rimbonbantes, se abrieron camino para entrar en las plazas más importantes del país a base de codazos, lágrimas, sudor, sangre y huevos. Muchos huevos.

Pero eso no bastó. Porqué la vida no es que sea cruel sino que muchas veces no es como la esperamos. A ellos les tocó vivir los últimos resquicios de un ciclo novilleril importante, y cuando con todas las de la ley y con el ambiente necesario el escalafón mayor les ungía, se encontraron con la pobredumbre de un sistema que tiene a la fiesta taurina en plena decadencia; a alguno de ellos le llegaron a pedir más de cien mil pesos por hacerse con la alternativa. Su educación y dignidad personal y torera, casi extraída del Bushido, no les permitió dar ese vacuo paso. Hoy son dos hombres honorables que pueden ver directa y sin vergüenza a los ojos a cualquier taurino.

Con Jaime y Oscar crecí parte de mi adolescencia entendiendo el porqué de las cosas en el toro. Entendí que el toreo no es un pasatiempo o un juego, sino más bien una filosofía; entendí que a veces tienes que meter el puño en una pierna de tus amigos para salvarle la vida, pero también supe que pegarle un muletazo a un toro bravo te hace sentir un superman. Entendí que el de las patas negras crea hermandad y que el ruedo es un sitio con altos valores implícitos. Entendí que el miedo te curte entre una amarga salmuera, pero también entendí que saliendo de ahí, de aquella línea de fuego, sales sobrado para ir a cualquier rubro de la vida; pues el toreo es una universidad de vida donde al acreditar ciertas materias se cumple la premisa que Arrainz le dijo al padre de Joselito antes de morir, “no te puedo prometer que tu hijo se haga torero, lo único que te puedo prometer es que José va a ser un hombre”.

Además de recordar su carrera novilleril, sirva el presente y humilde homenaje a dos de mis mejores amigos para que el aficionado y no tan aficionado comprenda que un torero triunfador o una figura del toreo es sólo la punta del icerberg. Detrás de ellos hay una enorme cantidad de hombres que también se esforzaron en llegar, hombres valientes con sueños ahogados y llantos atravesados en el alma. Hombres con cicatrices que añoran lo que fue y lo que pudo ser. Esto, rinde pleitesía a todos aquellos que enfundados en un chispeante vestido se jugaron la vida tan locamente para conseguir un anhelo; sirva para enaltecer a esos hombres que perdieron para ganar, porque su destino estaba en otro lado y con honradez lo aceptaron.

Jaime tiene una finca con un bello tentadero donde cada cierto tiempo varios amigos que quisimos ser nos reunimos para torear -esta ocasión vacas de retienta-. Porqué al fin y al cabo lo que siempre nos llenó el espíritu era torear; torear por el mero hecho torear, torear para nosotros mismos sin ningún fin más. Torear simplemente para satisfacer el alma pues tiene razón un señor que nació en Galapagar: vivir sin torear no es vivir.

“Dejar el mundo mejor de cómo viniste: eso es haber triunfando», lo escribió Jesús Terres en su newsletter semanal y me llegó al correo justo casi al terminar de escribir lo presente. Pues eso.

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