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Isaac Fonseca desafía y atropella los límites de la razón 

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  • Fonseca deja en Tlaxcala una tarde memorable sin espada; Arturo Gilio en su presentación en México le corta dos orejas a un lote de órdago.

La razón es cuadrada y aburrida. Pero segura. Los artistas, los rompedores, deben de cuestionar continuamente los límites y romper con todo indicio de raciocinio o de lógica. Es su deber. Maltratar las reglas para formular una nueva vida posible. Cuestionarse todo sentido de lo establecido en pos hacerse un hueco en la historia. Allá, lejos de los límites de razonamiento y de la lógica, está lo más preciado para un artista: la pureza.

Se asoma el primer toro de la tarde que está en el límite de presentación: negro zaíno, bien hecho, bajo y con los pitones recogidos. Sergio Flores lo saluda con el capote y sale suelto; se está yendo a la querencia y se para en los tercios de cal. Flores lo tiene claro, está en su tierra y sabe que tiene que arrear. Sin encarrerar, ni perder pasos, el torero cita en sus terrenos al burel para torear unas ajustadas chicuelinas que se enreda en el capote. Muy quieto. El toro aprieta con la fuerza guardada y los aficionados se relamen los bigotes. Parece ser que la guerra o la defensa de Tlaxcala está empezando. El puyazo al toro es justo y cumplen en el segundo tercio los de plata. Inicia la faena muleteril con una vitolina y lo saca pronto a los medios. El toro embiste con ritmo, clase y humilla pero tiene en él un punto casi imperceptible de quererse rajar y por ello Flores le gana pasos para encontrar repetición. Las tandas por el derecho son templadas por el torero y jaleadas por la afición; con la izquierda no encuentra la misma rotundidad pues el toro se frena entre muletazo y muletazo. Ya pasa la mitad de faena y no encuentra la rotundidad absoluta, Sergio lo percibe e intenta apretar abusando de recursos que emborronan el final de faena mientras ‘Aldeano’ se acobarda por completo. Se está perfilando a matar en corto y le entierra en todo lo alto de las carnes la espada. El juez otorga una oreja.

Le cuesta al segundo cerrarse en tablas. Isaac Fonseca recibe al toro de su presentación en Tlaxcala con un farol cambiado de rodillas en el tercio, luego, dibuja dos verónicas con pureza pero el toro se desentiende por completo; entra el picador y le cita tan torero como si el caballo fuera su muleta: el cárdeno aprieta con toda su fuerza mañosamente guardada y Juan Carlos Paz aguanta la vara magistralmente. El burel sangra hasta la pezuña cuando Isaac inicia con la franela con muletazos por bajo para domeñar el genio del animal. El coleta, de uno en uno, intenta abrir los caminos a las embestidas que se le cuelan y dibujan cornadas por todo el aire. Ya van dos remates por alto donde los pitones se le vuelven en las pantorrillas, huele a formol en la plaza y las tripas a todos se nos están irritando de nervios; el más tranquilo parece ser Fonseca que cita y se pone sin ninguna estridencia ni mayor gesto de apuro. No hay música ni hace falta. Por el izquierdo —pitón con más veneno—, se la pone sin ninguna armadura ni trampa tan puro como si fuera un toro de rabo. Lo termina convenciendo y por fin el toro firma la paz; ahora es un animal guarro que pega tornillazos a media altura y se desentiende. Ya es el final de la faena y tras uno de pecho, Fonseca le quita del todo la muleta ofreciéndole el cuerpo en un alarde de victoria, sin embargo, traicionero el toro, lo eleva por los aires. Parece que lleva una cornada o al menos un puntazo; manda a todos a guardar y se vuelve a poner. Igualito. Yo tengo la piel de gallina y estoy emocionado viendo a un hombre despreciar su propia existencia con la finalidad de crear arte. Cierra con unos estatuarios pero lo pincha en el primer intento; al segundo cae un estocadón y el juez ahora sí se pone serio y niega la oreja. Da igual, todos pedimos la vuelta al ruedo. Las orejas son mera bisutería que no se comparan con la sensación de estar en el campo de la verdad: al menos yo y hasta este día, parecía haber olvidado esa adictiva sensación generadora de mis verdaderos ídolos.

Fotografía: cortesía Erick Cuatepotzo
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¿Y ahora qué hacemos? Imagino lo pensaron. Arturo Gilio lancea a pies juntos de recibo y cuando empieza a escuchar algunas protestas por la presentación de ‘Alcalde’ se echa el capote a la espalda y con gaoneras, recibe al herrado con el 521. Luego, sin más, cumplen en los siguientes tercios el toro y sus lidiadores. Para el último trecho Gilio brinda al público y ahí en los medios le cambia por la espalda el veloz viaje al toro; las primeras tandas son un escándalo por la condición del bravo toro: ara con los morros el albero, se abre y hace el avión, terminando el muletazo se coloca con infinita nobleza para el siguiente; es el animal para soñar el toreo y Arturo está correcto. Nada más. Se va la luz proveniente del alumbrado pero por fortuna todavía no oscurece del todo. El torero poco probó por el pitón izquierdo y apura la vida de un bravo animal que parece querer seguir embistiendo. La estocada es buena y comprometida y enseguida de haberle sonado los cascabeles, Arturo Gilio paseó una oreja por la circunferencia.

Impresentable es el cuarto. Corto y bajo. No le ayudan ni los pitones de chivito. La afición se muestra excesivamente dura con Sergio Flores quien resulta el menos culpable en la cadena de responsabilidad por la presentación del trapío; antes están, empresa, ganaderos, autoridades y veedores. Quizá sí hay un error en la orden de lidia escogida. Abrevia afortunadamente. Estrecha las sienes del animal ya muerto como excusándole por su final.

‘Amoroso’ es el quinto y viene aceptablemente presentado. Isaac le pega solo un capotazo de prueba y sin mayores pensamientos se pone a torear por verónicas acostadas en sus hombros y puras en la concepción. Lo pone largo e instruye al picador para hacer bien la suerte; el varilarguero cumple a medias pues la ejecución le sale a pedir de boca pero deja la vara en el toro tras su salida. El de Michoacán quita por tafalleras las cuales embarca únicamente con los codos y finalmente remata con una media belmontina hermosa. Tiene la muleta en las manos y camina hacia los medios para iniciar de rodillas por derechazos; las embestidas son un huracán por su rostro cuando se cambia la muleta a la izquierda para dejar unos naturales tan asentados como si los hubiera dibujado de pie. Ahora el toro se desentiende pero desprende un peligro sordo en sus medias arrancadas que la mayoría del público no logra percibir. El joven coleta no se aburre de la vulgaridad con cuernos e intenta expresar su pulcra tauromaquia. En un descuido es alcanzado y recibe otra fuerte voltereta que le parece aturdir. Algunos que no saben de qué va esto le gritan que no vuelva a la cara del animal; él no entiende y ni siquiera escucha pues tiene tatuado en el alma el camino que ha escogido: el más difícil en la profesión más difícil. El de la pureza y verdad absoluta. Cuando vuelve a torear el marrajo sigue igual o peor en su condición, Fonseca se desdibuja por desbordar ganas (qué mejor) y fuerza momentos en donde atropella los límites de la razón y la lógica. Pincha dos veces y en el tercer intento cae.

El cierra plaza es un toro muy bien presentado. Ahora se puede valorar lo dispareja que fue la corrida. Lo pican en demasía y aun así el toro embiste categóricamente a la muleta de Arturo Gilio. Qué gran lote sorteó. De triunfo gordo. El rubio torero, aseado y sin despeinarse, engancha y alarga las enclasadas embestidas que siempre le vienen por fuera. La plaza ya tiene el eco de las copas propias del sexto de la tarde.  Encuentra su espada otra buena ejecución y le otorgan la oreja que le valdrá para salir a hombros.

La ambulancia atiende las heridas de Fonseca que resultan no ser graves. Te queda en el cuerpo la sensación de haber visto algo de verdad. De haber visto a un hombre jugarse la vida literal y superlativamente. Se te queda esperanza en el cuerpo. Puede haber en Fonseca el candil necesario para revolucionar la fiesta brava mexicana; con ese ritmo, con esos codazos y con más toros dentro que le sumen a su sitio, le va a fundir los pies a muchos del escalafón. Fonseca vino a ponerse y vino para quedarse. Isaac Fonseca quiere ser figura del toreo.

TLAXCALA, TLAXCALA. 

19 de noviembre del 2022;

Plaza de Toros Jorge el Ranchero Aguilar, tercera de feria. Casi lleno.

Tarde nublada y sin viento, el algún momento cayeron algunas gotas de lluvia sin romper a más.

6 TOROS DE REYES HUERTA, muy dispareja en su presentación y comportamiento. Justos en su trapío el primero y tercero; impresentable el cuarto; bien presentados el resto. En general la corrida dio una pelea poderosa en los caballos, destacando altamente por su condición el tercero y sexto (lote de Gilio) por la clase derrochada y ritmo; también el primero aunque este durara menos; fueron aplaudidos en el arrastre. El lote de Fonseca tuvo genio, poder y transmisión. Ningún toro, que lo hubo, fue premiado de ninguna manera por el juez de plaza.

Sergio Flores (azul rey y oro) oreja y división de opiniones.

Isaac Fonseca (grana y oro) vuelta y palmas.

Arturo Gilio (sangre de pichón y oro) oreja en ambos.

INCIDENCIAS: La luz artificial se fue en el tercer toro y regresó en el cuarto. La plaza estuvo sin iluminación por casi veinte minutos. Destacó Juan Carlos Paz picando al segundo de la tarde y recibió una cerrada ovación. Isaac Fonseca fue atendido por el personal médico sin mayor contratiempo de salud. Arturo Gilio salió a hombros al finalizar el festejo.

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